Os reboto un artículo escrito por Adeline Marcos en el blog
SINC. Aunque data del 2014, sigue siendo interesante para los que seguimos
nuestros amigos alados en la ciudad.
“Una gaviota robándole el
bocadillo a un transeúnte ya no es una escena fuera de lo común. No lo era en
la playa, pero tampoco lo es ahora en la ciudad. Estas aves proliferan en busca
de comida y se atreven con maña a adentrarse en nuestro mundo cotidiano, hasta
el punto que ciudades como Vigo han puesto en marcha planes de actuación con
las colonias de gaviotas. Pero no todos los pájaros muestran tanta picardía.
El crecimiento de las
ciudades supone un cambio de hábitat drástico para todas las especies y es una
de las principales causas de pérdida de biodiversidad. Tanto es así que el
número de aves que se pierden en el proceso de urbanización es mucho mayor que
el de las que logran adaptarse.
“La biodiversidad de las
urbes es mucho más baja que la de las zonas rurales o la periferia. Por esa
razón, hay un grupo muy grande de especies que no son capaces de adaptarse a
las ciudades”, indica a Sinc Martina Carrete, investigadora en la Estación
Biológica de Doñana (CSIC) y una de las ponentes ayer del XXII Congreso Español de Ornitología
organizado por SEO/BirdLife.
Pero mientras algunas se
extinguen de forma local, otras se adaptan tan bien que se apropian de su nuevo
entorno. Es el caso de las gaviotas y del gorrión común (Passer
domesticus), paradigma de la
adaptación, que convive con el ser humano desde hace unos 10.000 años y cuya
supervivencia depende exclusivamente de la presencia del hombre.
Para esta y otras especies
de aves como los mirlos, los carboneros o los verdecillos, la ciudad ofrece más
ventajas que inconvenientes: menos predadores con alas, temperaturas más altas,
luz artificial, y mayores cantidades de alimento, entre otros. “Lo que favorece
la adaptación a la vida urbana es la alta tolerancia a la presencia del
hombre”, dice a Sinc Joan Carles Senar, jefe de investigación en el Museo de
Ciencias Naturales de Barcelona (CSIC).
En muchos casos, adaptarse
supone adquirir nuevas conductas, cada vez más estudiadas por los científicos.
Ejemplo de ello son algunos carboneros comunes (Parus major) de Reino Unido que han aprendido a quitar la tapa de
aluminio de las botellas de leche que los repartidores depositan cada mañana
delante de la puerta de cada casa para beber la capa de nata de la parte
superior.
“Vivir en la ciudad
implica tener acceso a unos alimentos que no están disponibles en el campo”,
dice Carrete, que recibió el pasado 6 de diciembre durante el congreso de
SEO/BirdLife el Premio Francisco
Bernis a la investigación. En nuestro país, las urracas (Pica pica) abren las hueveras de cartón que también se dejan
delante de las casas.
Otro ejemplo se produce en
Nueva Zelanda, donde algunos gorriones han aprendido a abrir las puertas
automáticas de algunas cafeterías para aprovechar las migas y los restos que
dejan los humanos. Lo consiguen revoloteando frente a los emisores de
infrarrojos que controlan las puertas.
Esta capacidad de
adaptación no solo ocurre con la alimentación. La luz casi permanente de la
ciudad también juega a su favor. Aves típicamente diurnas aprenden a usar el
alumbrado público para alargar su periodo de actividad.
Además, al ser la ciudad
más cálida, la fisiología reproductiva de algunas aves se adecua cambiando la
época de reproducción, el número de puestas o la cantidad de huevos.
El encendido y apagado del
alumbrado público en Moscú también sirve de señal sincronizadora para las
cornejas negras (Corvus corone)
que salen cada mañana en masa hacia los dormideros o que empiezan su dispersión
matutina por la ciudad.
A la luz se suma el ruido
urbano. “Las aves cantan más fuerte o a una frecuencia más elevada, de forma
que el canto se solapa menos con el ruido de fondo”, señala a Sinc Diego Gil,
investigador en el departamento de Ecología Evolutiva del Museo Nacional de
Ciencias Naturales (CSIC) de Madrid. Otro estudio,
liderado por Gil, muestra que las aves se adelantan a la hora punta, cantando a
horas más tempranas en lugares de ruido, como los aeropuertos.
Las aves también utilizan
nuevos lugares de nidificación en la ciudad. “Muchas especies crían en los
tejados, lo que les permite reducir los riesgos de depredación que tenían antes
al criar en zonas rurales en rocas, por ejemplo”, explica Carrete.
Existen diferentes casos
de adaptación pero todos coinciden en una cosa: perder el miedo al ser humano
es el primer paso para conseguir adaptarse. Y no resulta difícil ya que los
individuos salvajes tienen una capacidad “casi infinita” –dice la
investigadora– de adaptarse al hombre a través de una flexibilización en su
comportamiento.
“Las aves en las ciudades
han aprendido que los humanos no suelen ser predadores directos, y disminuyen
su distancia de huida (a partir de la cual empiezan a huir)”, declara Gil. En
medio urbano, el mirlo común (Turdus merula) o la corneja permiten que una persona se acerque a
ellos a una distancia de dos o tres metros. Sin embargo, “en su medio natural,
a los 30 o 50 metros ya empiezan a huir”, añade Senar.
Una de las formas de medir el temor
hacia el hombre es estudiar la respuesta al estrés asociado a los medios
urbanos. Un tema que no ha estado exento de controversia ya que hasta ahora se
pensaba que las aves urbanitas sufrían más estrés. Una investigación realizada
por Carrete y su equipo, y presentada durante el congreso, demuestra que aves
rurales y urbanas no muestran diferencias en su nivel de estrés.
El trabajo basado en una población
de mochuelo de madriguera (Athene cunicularia) que lleva más de 20 años
en la zonas urbanas de Bahía Blanca en Argentina, sugiere que los medios
urbanos y rurales no difieren en su calidad. “Los individuos que los ocupan no
ven las diferencias. Cada individuo está donde tiene que estar”, subraya la
investigadora que midió el estrés de los pájaros de manera pasiva, sin
tocarlos.
Pero la mejor prueba de adaptación a
la vida urbana es la diferenciación genética que se produce entre las
poblaciones urbanas y las rurales. Otro estudio, liderado por la investigadora
del CSIC y también pendiente de publicación, muestra que existen diferencias
genéticas muy sutiles en los mochuelos. “Las poblaciones rurales y urbanas
tienden a diferenciarse a largo plazo debido a que no hay un flujo aleatorio de
individuos entre zonas rurales y urbanas”, asevera Carrete.
Experimentos anteriores realizados
con mirlos urbanos y salvajes demostró que los de ciudad poseían
características heredables para adaptarse mejor y más rápido a la urbe. Según
Carrete, “la presión humana –que es máxima en las zonas urbanas– produce más
que un acostumbramiento, un proceso de selección donde sobreviven los
individuos que tienen unas características que les permitan vivir ahí”.
Como la ciudad supone un filtro para
muchas especies, “solo algunas aves con unas características determinadas
pueden pasar por ese filtro”, señala Diego Gil quien añade que las especies de
aves que consiguen sobrevivir en la ciudad no son una muestra aleatoria de las
que existen en el campo.
Un estudio, publicado en 2014 en la
revista Ecology and Evolution y liderado por Joan Carles Senar, analizó
171 carboneros macho que habitaban Barcelona y 324 de un bosque cercano. El
trabajo, realizado de 1992 a 2008, demuestra que en el bosque la selección natural
favorece a los individuos que tienen mayores corbatas (mancha negra en el
pecho), mientras que en la ciudad, la presión de selección es inversa: los
individuos de corbatas pequeñas se ven favorecidos.
“Esto lo relacionamos con la
personalidad de los individuos, ya que la corbata se correlaciona con esta, de
manera que los individuos urbanos, aunque son más exploradores que los del
bosque, son también mucho más precavidos”, revela Senar.
Las diferencias entre
individuos rurales y urbanitas de una misma especie dependen también del acceso
a la alimentación. En un lugar donde los recursos son abundantes, muchas aves
deciden quedarse en la ciudad. Es el caso de las cigüeñas del sur de España o
de los jilgueros americanos en Canadá, que se han hecho sedentarios y ya no
migran, “pues la gente les proporciona alimento que les permite quedarse”, dice
el investigador catalán.
Pero en la ciudad no es
oro todo lo que reluce. La comida es en general de peor calidad, la
contaminación química, acústica, y lumínica entorpece a veces su existencia y
los gatos se han convertido en los nuevos depredadores. A pesar de ello, las
técnicas de colonización y adaptación contemporánea se perfilan cada vez más y
las aves callejeras se amoldan a la vida en la jungla de cemento.”
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